viernes, 14 de septiembre de 2007

UNA NOCHE DE UNA SEMANA PASADA

“Las palabras son unas desgraciadas que en cualquier descuido se apoderan de la situación. Prepotentes de mierda, que nos envuelven”
(La Amigdalitis de Tarzán, Pág. 63)


“…Pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grande los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos…”
(Rayuela, Cáp. 21, Pág. 115)

-¡Te demoras un culo Freddy!, ¿no se supone que habíamos quedado en encontrarnos a las 6:30, acá en la puerta del cine? –dijo el chino con algo de premura y fastidio en sus gestos. Y agregó, casi, amenazante: ¿habrás traído la cámara, verdad?


-¿No has oído hablar de “Horacio”…ah!? Agregó el gran Quiquín, a la vez que señalaba su reloj con el dedo índice, para luego estirarlo firmemente y estrellarlo repetidas veces contra mi cadavérico pecho.


Es jueves por la tarde. Voy camino a encontrarme con Ella, y será por eso que mecánicamente recuerdo una de las geniales y divertidas frases del gran Alfredo Bryce –del reconocido escritor peruano y no del pícaro viejecillo que birlo un texto a pluma armada-: La vida le metió a nuestra relación más palo que a reo amotinado[1]. Y sí, he de reconocer, con algo de rubor en las mejillas, que el ¿destino? se ensaño cruelmente con nosotros. Y que nuestros “momentos de comunión”[2], de entendimiento, sólo duraron y existieron efímeramente. Como esa muerte simultánea y placentera, que hallamos en la apoteosis de nuestra primera relación sexual. O más poético: no trascendimos, no duramos ni un carajo. Y por eso, ahora, ella está en mi lista de promesas a olvidar, y yo en la suya, supongo.


Pese a ello [o por eso mismo] hoy vamos a encontrarnos, el pretexto para semejante masoquismo sentimental es que necesito su cámara fotográfica. La necesito para el concierto que horas mas tarde dará Lucybell. Por cierto, soy el encargado de conseguir el bendito aparato ese, ha pedido expreso de mis amigos, pero particularmente de Toño, quién en tono suplicante me llamo horas antes del concierto, para decirme: “no te olvides de llevar la cámara pe huevón, yo sé que puedes conseguirla hoy mismo. Nos vemos más tarde en el concierto”. Y colgó. ¡Encima que me llama tarde! y el ¡mismo día del concierto! ¡Ahora también es pitoniso el huevonazo!: yo sé que puedes conseguirla hoy mismo, repito parodiando a mi amigo…en fin, a los amigos se les perdona todo, aunque joda. [3]

De ida:

Minutos más tarde me encontraba sentadote en la combi rumbo a ese encuentro deseado y temido a la vez, me había peinado (algo inusual en mi) e iba imaginando posibles diálogos (como nuestro asombroso héroe de El Túnel, aunque carente de esa rigurosidad suprema) posibles preguntas y por tanto –y también por tonto- posibles respuestas, posibles anécdotas que podrían servir para hilar un dialogo, más o menos, fluido. Por un instante hasta me imagine (re) invitándola a salir y toda la cosa…

De regreso, y camino al cine:

Después de todo no estuvo tan mal volver a verla, iba pensando tratando de darle vuelta al asunto, pero ¿cómo engañar a la masa gris? …en el fondo sí me ha jodido, y no poco, el descubrir que a estas alturas ya sólo podíamos entablar conversaciones monosilábicas. Y que nuestros dicharacheros diálogos se habían extinguido, cual dinosaurios, en medio de una glaciación verbal.


Me sentí algo desolado, toda esa construcción que había imaginado horas antes y que incluso llegue a creer sólida, hasta el punto de recostarme sobre ella (dentro de la solidez que se le puede atribuir a lo ficticio) se vino abajo, o, mejor dicho, fue arrasado por un huaico (no de piedras, ni de lodo) sino de vacío e indiferencia. ¿Cómo se puede cambiar tanto?


Observo por la ventana de la combi viendo el tiempo pasar sin que pase nada. El día esta calmo, más no mi cerebro. Me sé algo ansioso, el tráfico no ayuda mucho a mitigar esa impaciencia, que pareciera perpetua, de siempre. ¡Diablos! encima se me ha antojado echar una meadita, y aún falta mucho para llegar a mi destino; donde mis amigos deben estar aguardándome impacientemente. Lo que equivale a decir, que a estas alturas ya deben estar carajeando mi nombre.


….

Bajó del carro (¡pie derecho!, de rigor) a los breves minutos ya estoy caminando frenéticamente por Jirón de la Unión, esquivando transeúntes como si fueran obstáculos, pero choco con un señor enormemente pequeño, y tal es el impacto que me caigo, y el señor conmigo. La gente se detiene instintivamente ante el tumulto, nos observan y algunos preguntan al vernos aún y todavía en el piso “¿Qué pasó?”, una señora responde: “¡nada!, que acá el joven venia caminado muy apurado y ha tumbado al pobre hombre”. ¡Que absurda escena!, me incorporo rápidamente y camino hacia el señor para tenderle una mano amiga y ofrecerle mis disculpas del caso. Le digo: “señor, lo lamento, es que no lo vi” y cuando la frase muere en mi boca, pienso, que ha sonado a cachita, a burla, a guasa [enormemente pequeño, ¿recuerdan?]…el agraviado me mira con cara de pocos amigos y no acepta mis disculpas, en cambio agrega: “¡muchacho de mierda-carajo!, ¿no se fija por donde camina?” y golpea furiosamente el piso con la palma de la mano mientras se reincorpora. Pienso en responderle algo, pero calló y en cambió pongo en práctica mi método del olvido y acostumbramiento para vivir en Lima (muy recomendable, dada su efectividad); es decir, me hago el Gil, el cojudito, (el limeñito) lo miro por última vez con el rabillo del ojo, y sigo caminando.


Me pregunto y luego me respondo: ¿y la tolerancia, donde está?...la tolerancia quedo aplastada a la hora que tumbaste al pobre hombre, ¡huevón!


Finalmente, frente a mis ojos se extiende la histórica plaza San Martín, en una esquina logro divisar de lejos a mis amigos, desde donde estoy no pueden verme; pero, creo adivinar las palabras que fluyen de sus bocas, no son muy auspiciosas dada mi demora.


Luego de mi breve explicación-justificación hicimos la marranita (chanchita) para ir a comer algo antes de partir al concierto, estábamos con una bajada incendiaria y era necesario -y vital- aplacar el fuego estomacal. Ya en el Restaurante, y luego de ordenar una pizza de promoción, comimos opíparamente y con avidez; finalmente frente a nuestros ojos, quedó un solitario slice, un náufrago en medio de la caja de cartón. Y ahí nosotros, en la mesa, observándolo con ojillos codiciosos, como mendigos frente a un trozo de carne, fue un breve instante de tensión visual que sería aplacado por una equitativa división.

Una hora mas tarde nos encontrábamos formando parte de ese gusano extenso y contradictorio, integrado por personas que, al igual que nosotros, se agolpaban en los exteriores del Vocé. La cola crecía conforme transcurrían los minutos, la impaciencia era combatida de distintas formas; algunos fumaban cadenciosamente, otros mojaban la palabra con una lata de cerveza bien helada, otros querían transformar las cosas triviales en fundamentales y para ello, se servían de hierba. En fin, todos hacían algo para darle sentido a esa espera, que sin lugar a dudas valió la pena.


Veo una cara conocida que camina raudamente echando una mirada a su alrededor, como buscando a alguien. Lo miro, me mira.

-¡Habla jugador! – me saluda.

-habla compadre. ¿También vas a entrar? –le pregunto mecánicamente.

-¡claro!, si ya tengo mi entrada. Es mas he conseguido una VIP –me dice, mostrándome didácticamente su entrada.


-¡Ah que bien!, chévere por ti.

-…. ¿Oe puedo colarme contigo? –me pregunta en tono sutil, escudriñándome con la mirada.


Le digo “son 5.00 Lucas, por que eres conocido”, y le explico que, hace un breve instante, una pareja ofreció S/20.00 para colarlos, aunque no se lo permitimos. ¿Los valores?... ¡que va!, lo que pasa es que un tipo, que estaba detrás de nosotros, se gano con la conversa e inmiscuidamente y sin hesitar se ofreció a concederles el espacio por la mitad, nos cagó… (La duda mata). Cuando termino de hablar, me mira algo desconfiado, pero amaga, con las manos en el bolsillo, a pagarme. Le explico que era una broma: “no seas Gil, ponte no más”.


En ese breve instante vemos pasar a Denis Arregui junto a un camarógrafo.

-esta preciosa, ¿verdad? –le pregunto, aunque en realidad no es una pregunta. Algunas cosas no necesitan ser explicadas. Uds. entienden.

-es mi musa –dijo presión.


-nuestra musa –corrijo enfáticamente, con una media sonrisa y agrego:-. ¿Habla, le digo para tomarnos una fotito?


Presión me mira con unos ojazos, algo sorprendido, y agrega combativo, y por poco con el puño izquierdo en alto [medio en broma, medio en serio, supongo]: “no seas…un San Marquino no puede hacer eso, un San Marquino tiene que ir en contra del sistema”. Lo miro de reojo alzando la ceja derecha, luego lanzo una mirada alrededor y le digo, medio en broma medio en serio, supongo:


- ¿Ves a alguien pidiéndole una foto? No, ¿verdad? Por lo tanto estamos yendo en contra del sistema; si, ir en contra del sistema es no hacer lo que el resto hace, estamos bien, al menos por el momento.

- shhiii. –muy bajito, por toda respuesta.


Nuestra musa se encuentra a unos escasos dos metros, y pareciera que ha oído nuestro apretado dialogo; pues se dibuja una media sonrisa coqueta en su rostro. Es el tipo de técnica que las mujeres llevan inscritas en su código genético. Algo que es inherente a ellas, definir es limitar, pero creo que es algo así. La miro como si ella estuviera en un cadalso y pienso: bueno compadre, quédate con tu antisistema que yo le voy a pedir una fotito, ¿no hubiera sido más fácil decir? “Lo que pasa es que soy un poco tímido para este tipo de situaciones, me paltea hacer esas huevadas” en vez fabricar tamaña excusa…En fin, que para eso también sirven las palabras, para maquillar.


Me siento con el viento en las velas, con esa determinación que usualmente me es tan esquiva y a la cual solo accedo ocasionalmente (como ahora), estoy por dar ese primer paso que me conducirá hasta su lado, pero en ese hilillo de tiempo ella parte y la pierdo de vista. Nuevamente, (La duda mata).


….

Un huracán remeció el ambiente, el concierto acaba de empezar, es la música expulsada prodigiosamente por los parlantes, que golpea sin lastimar todo mi cuerpo. ¿No debiera ser increíble que la música cause todo ese efecto de trance en las personas que saltan y corean ferozmente cada canción? No, lo increíble debiera ser todo lo contrario, que algunos sólo se contenten con comprar un disco. Esta sonando “Mil Caminos”, no podría encontrarme mas relajado y será por eso que los ojos que guardamos en la nuca, (o si queremos, la visión del tercer ojo) me indican que vuelva la mirada. Obedezco caninamente, y ahí está ella, sola, disfrutando plenamente la música con los ojos cerrados, como debe ser.


A esas alturas me siento con un espíritu nocheriego, algo aventurero, ¿será el río de cerveza que fluye por mis venas? ¿quién sabe? Total si el licor no sirve para estas ocasiones ¿para qué entonces?... Me acerco aletargadamente, pero en forma resuelta y sin pensarlo le pregunto:


-Denis ¿te joderías si te pido que nos tomemos una fotografía? –su respuesta la esperaba con mirada de pongo a misti, según diría José Maria Arguedas[4]. (¡ja! que buena)


-No, para nada. –con un sonrisa que desarma todo, pero que construye demasiado.


-¡chinooo! –grito y cuando mi amigo voltea a mirarme, le dibujo una cámara con mis dedos índice y pulgar, como un cuadrito que se recrea en el aire y que se cierra hacia los costados, mis labios acompañan la descripción gráfica: fo-to. El chino entiende rápidamente, aunque espera que le confirme su pregunta, la cual es lanzada no en palabras; sino, en un gesto: inclina la cabeza para un lado, meneándola repetidas veces.


-¡Sí! – le respondo con algo de impaciencia.


-¡clic! –la luz se fragmenta y por instante nos ilumina.


-Gracias. Ah! lo olvidaba: Denis, estás preciosa. –mentí, pues jamás lo hubiera olvidado.


-De nada, al contrario, a ti por el piropo. –con una sonrisa que ilumina la noche.


-tengo mas si gustas. –musito para mis adentros, mientras camino con un gesto congelado hacia donde esta mi amigo para seguir saltando con la música.

Esa noche volví a casa alegre y a la vez nostálgico.


***FIN***
________________________

[1] La amigdalitis de tarzán, 1999.

[2] frase de E. Sábato, puesta en boca de Juan Pablo Castel, en El túnel.

[3] ¿…?

[4] según cuenta Alfredo Bryce. (ibidem)






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