IMPREGNADO DE REMINISCENCIAS

“fue el único sueño que tuve que murió al enfrentar la realidad”
Scarlet O’hara en “Lo que el viento se llevó”
Es un viernes por la tarde, aunque parece de mañana. Es invierno, y todo se ve como siempre, piensa x, mientras camina presuroso a su ansiado encuentro. ¿Quién sabe? Podrían estar asesinando (y seguramente así es) a miles de personas, todo el mundo desangrándose en esa danza perpetua que llamamos vida. Y, sin embargo él siente que nada de eso es importante; que no lo toca, y mucho menos roza sus fibras internas en lo más mínimo, pero que ocurriría: ¿si ella no fuera a la cita prevista? ¿Si todo esa historia muriera antes de empezar? …vaya eso sí que sería una tragedia griega; aunque carente de héroes, por supuesto. Entonces –y sólo entonces- el mundo le parecería un lugar hostil, algo demasiado horrible para ser cierto. Las cosas serían trasmutadas por un gris dominante, mucho más grave que el cielo acerado de invierno
Esas elucubraciones han azorado su corazón: rojo, sangriento, ansioso. Siente una gota helada que desciende por su espina dorsal. Así, sumido en la embriaguez de sus temores, empieza a tocar con la imaginación el cuerpo esbelto de Nuria, desnuda en la cama, sus piernas brillantes, torneadas por su juventud, sus pechos majestuosos; color nácar, algo traslucidos, dejan ver (sus) delgadas venitas azules que se pierden hacia los costados, por sinuosos caminos; y, en la sima de esas majestuosas colinas, rodeadas por areolas delicadas, se coronan un par de pequeñas gemas color castaño.
El, mientras tanto, demudado por aquel paisaje, empieza a sentir un cosquilleo, hacia el sur del cuerpo, entre sus piernas. El capullo inerte empieza a desperezarse lentamente, y crece con la prepotencia de un cactus: salvaje, emancipado, soberano. Es su sexo inflamado, que ha despertado de ese aletargado sueño. Ahora está erecto, robustecido por la imaginación de su amo [¿o debiera decir? de su esclavo]
Se acerca lenta y tenazmente hacía ella: como un río de mercurio. Ha captado todos los detalles; la comisura de sus labios; los dobleces de su cuerpo; su mirada insondable donde él, ahora, se ve reflejado. Se mira así mismo a través de ella. Empiezan a jugar a los cíclopes, acercando sus rostros y superponiendo las miradas. Se respira una quietud violenta, un aire enrarecido, que se percibe en el ambiente y que será el marco para esa historia que él pretende construir. X percibe un vacío que sube desde la boca del estomago y que se posa justo detrás de la lengua: serpentina, lanceolada, tibia. Por un breve instante se ve recorriendo el último rincón inexplorado del cuerpo de su musa, besando ávidamente cada pliegue, como si tuviera por obligación grabarlo de memoria, para luego dibujarlo cual mapa en una hoja en blanco, como en el colegio, recuerda.
Pero X también teme que la excitación, que siente correr por sus venas, se mezcle con la inexperiencia de su cuerpo, la ha tenido ya tantas veces y de tantas formas en sus recuerdos fabricados con anticipación que se confunden con la realidad del momento.
Se mira acostado al lado de ella, compartiendo y respirando el vaho embriagador que despiden aún sus cuerpos tibios y fatigados, después de esa muerte instantánea, a la cual sólo es posible acceder a través del sexo. Dominado por el imperio de los sentidos … Se ve conversando con ella, diciéndole que sólo ahora tiene la certeza de haber existido, pues ha podido apreciarla a través de sus sentidos, y que desde ahora ya nada importará más.
Así se encuentra fabricando futuros recuerdos cuando empieza a sonar su celular…
-¿que pasó? –atropella x con una angustia que empieza a carcomer las fantasías de esa tarde.
-lo siento –le responden del otro lado, con una voz casi oficinesca- pero no podrá ser esta vez, he tenido un inconveniente en casa. Te dejo, cuídate. –culmina la breve llamada.
-¡conchatumadre! –alcanza a decir x, con rabia contenida, con los ojos que empiezan a anegarse de lágrimas y de recuerdos que nunca podrán ser, al menos con ella.
Mira hacia el cielo blanco y no puede sostener la mirada, pese a que el sol yace escondido…recuerda algo que leyó en el prefacio de las MEMORIAS de Casanova:
“No soy tan feo: me he visto últimamente en la orilla / cuando el mar estaba sereno”…
***FIN***



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