viernes, 14 de septiembre de 2007

LAMIENDO RETAZOS DE MEMORIA


"Aprovecha que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida”

(EL Amor en los tiempos de cólera, pág. 70)


Sentado al pie de la cama, la noche más oscura que de costumbre, y el sueño nunca termina de llegar. X* se pone memorioso, recuerda sin abrir los ojos, engañándose que sueña…

Es un día absurdo de invierno, como tantos otros, va camino a encontrarse con sus amigos. El cierzo golpea su rostro y cuerpo; la camisa raída que lleva puesta se agolpa contra su famélica figura. No le importa, o al menos eso trata de pensar, mientras el frío penetra hasta sus huesos y le entumece las manos.

Camina raudamente y por un instante alza la mirada: cielo plúmbeo y cenizo que esconde, en algún lugar, el ojo brillante de la tarde. Vuelve la mirada al piso y de pronto se siente nostálgico. Cojudamente nostálgico, pensará luego, cuando converse con sus amigos, tratando de mostrarse despreocupado y explicándoles que tuvo un percance que no es necesario explicar.

Ha decidido que es mejor dilatar ese encuentro con sus amigos, necesita tiempo para pensar en otro asunto, hoy no desea ir en busca de una aventura nocturna ni saber nada de amores mercantiles. Entra a una cantina de piso pringoso, decorado circunstancialmente por escupitajos, chapas de cerveza y colillas de cigarro. El señor detrás de la barra lo observa con sus pequeños ojos grises, gastados irremediablemente por el paso del tiempo, luego, asiente frente a su pedido y maquinalmente, con un gesto, lo invita a que se apodere de una de las mesas.

X busca con la mirada un lugar apacible donde acodarse. Siempre tiene en cuenta dos criterios: el primero de ellos, es no sentarse jamás cerca del baño; el segundo es alojarse lo más lejos posible de los grupos numerosos. Lo primero se justifica por razones olfativas, mientras que lo segundo obedece a cuestiones de seguridad. Una vez en una chingana, rozó de forma casual a un tipo y, pese a disculparse, nada pudo hacer [ni él ni sus amigos] por evitar irse a los golpes y terminar con los nudillos magullados y con una costra debajo del labio que relamió muchos días después.

Hay muchas mesas vacías, decide sentarse en una que está al lado de la ventana. A los pocos minutos llega el mozo con el pedido, es un ser pequeño, de cabellos hirsutos, le hace una venia al dejar los pomos y se retira apresuradamente ante el grito del hombre de la barra: ¡Pascual!

Se sirve un vaso de cerveza y mira a través de él, tal vez, espera encontrar algunas certezas, pero no ve nada, sólo la espuma que brilla y explota. Opta por llevarse a la boca ese primer trago amargo y dulzón, lo paladea y su rostro se trasmuta en una mueca, mientras el oro líquido corre hacia sus entrañas en una catarata helada que aplaca el fuego estomacal. No desea hablar con nadie, por eso no alza la vista ni mira a las mesas contiguas, tampoco piensa en llamar a un amigo. Hoy no, hoy desea abrazar la soledad.

Pasan un par de horas cuando decide que es tiempo de irse.

Desde donde está sentado logra ver un retazo de cielo sucio desprovisto de estrellas. La noche se abre a sus pies y su cuerpo macerado en licor aún no encuentra sosiego. Camina un par de cuadras y con la mano en los bolsillos busca un sencillo, de pronto una llovizna incipiente empieza a caer, y, con ella, una idea anega su pensamiento.

Sí, ahí estaba ella como un corazón escondido en el cuerpo inmortal de la memoria, latiendo todavía fuerte, acelerando su pulso.

Es un recuerdo poderoso el que afiebra su mente. Romina había estado lejos de su memoria por mucho tiempo, pero ahora estaba allí nuevamente y con ella el dolor y la desesperanza, que lo convierten en un ser absurdo, nostálgico. Un ser monotemático, incapaz de romper la inútil obediencia solitaria hacia un tiempo pasado.

Quiere verla infinitamente, como cuando superponemos un espejo frente a otro y la imagen se refracta eternamente. Pese a no estar en condiciones de verla, decide ir en su búsqueda. Dominado por la insensatez del momento. No piensa, sólo actúa. Camina en busca de un taxi hasta la plaza San Martín. Mientras explica el destino al hombre que va al volante; en realidad, balbucea las palabras, tal si hubiera olvidado, repentinamente, como hablar.

Necesito relajarme, piensa, mientras paga la carrera por adelantado. Espero no incomodarlo señor, insinúa; a la vez que enciende su cigarrillo. El chofer, un hombre ya entrado en años, lo observa por el espejo retrovisor y sólo mueve la cabeza por toda respuesta. X acerca la lumbre al pequeño hilillo y por un instante su rostro se ilumina y deja ver su rostro de rasgos filosos.

El taxi se detiene frente al disco rojo y eso se convierte en el sortilegio adecuado para preguntarse: ¿Cuál es la afición favorita de los enamorados?...tiene que ser recordar, sin duda. Recordar cómo, cuándo y dónde se conocieron, con la misma cadencia y placer con la que una arañita teje su casa. Así, también ellos, ahora recuerda, se dejaban caer en ese tierno juego, tendidos boca arriba, con la bóveda oscura e infinita de la noche sobre sus cabezas. Ella aferrada a él y él, en la inmensidad, a ella. ¡Dios! cuanto apreciaban dedicarse a aquel ¿absurdo ejercicio? Que les permitía recordar ese instante, ese gesto que les señaló [cada uno en la cara del otro] el interés mutuo.

Ahora, aquél ejercicio le pertenece exclusivamente a él.

Recuerda una frase que lo hiere: “para las mujeres, los recuerdos del amor son souvenirs de un viaje sentimental; para los hombres restos del naufragio”1. Es cierto, piensa X, mientras el círculo rojo da paso al verde.

Fue hace año y un par de meses atrás. X la conoció por intermedio de una amiga en común. La amistad se hizo constante y el cariño fue creciendo lentamente, como un pequeño haz de hiedra. Al lado de ella sus sentidos se agudizaban, de una forma que no sabrá nunca explicar. Tal vez como transitar por un territorio seguro, paralelo al resto, el cual sólo estaba destinado para ellos.

Y, pese a esa historia en común que se iba fortaleciendo, X sentía que había una región oscura e inaccesible en ella, algo que jamás entendería. Y, a la vez, no recordaba haber sido tan feliz como en aquellos días. Ella siempre le tocó alguna fibra secreta, algún hilo invisible que despertaba en él el cariño. Frente a aquellos recuerdos insondables descubrió la más pura verdad: había tenido una compañera cómplice de juegos secretos, inventados por ellos, sobre la marcha iridiscentes de aquellos días. Como aquel que consistía en caminar al unísono ritmo y tratando de no pisar las delgadas líneas que dividen la acera. Otro, donde la conversación sólo podía ser llevada a cabo, exclusivamente, con preguntas.

Así inventábamos el tiempo, o mejor aún, así el tiempo nos inventaba. Cavila X y se dibuja la sombra de una sonrisa en la comisura de sus labios.

A su manera [bastante mediocre, por cierto] se inventaban su propia Rayuela. Sí, definitivamente, compartir aquellas amarillentas páginas tenía que habernos cambiado, especula con la mirada vuelta hacia adentro. En esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la realidad pasada*.

-¿Cómo estuvo tu día? –recuerda que solía preguntar con una sonrisilla de Mefistófeles.

Y, ella, adivinando que él empezaba a jugar, sin previo aviso, como queriendo sorprenderla, respondía con otra pregunta, abriendo sus grandes ojos negros y con un gesto que lo desafiaba a seguir preguntando. Coqueta y castigadora.

-¿me hablas a mí?

Y se echaban a reír…

Sabe que no existe el recuerdo perfecto, siempre se alteran trozos, jirones de un pasado, que se irán descomponiendo según el estado de ánimo. Hoy, su estado de ánimo lo obligaba a rescatar esos fragmentos de su vida.

- ¡joven! -dice el taxista, por tercera vez, con cara fatigosa- ¿hacia donde doblo?

Ha transcurrido cerca de media hora desde que subió al vehículo en la histórica plaza San Martín.

-¡Ah! Siga de frente y en la primera esquina a la derecha, la tercera casa. Ahí se detiene. –responde con una voz turbia, opaca.

Baja del carro. Siente explotar sus sienes. La angustia arruga su rostro y suda. Tal vez como esa angustia que deben sentir las personas que esperan el resultado de un examen médico definitorio. Mira la ventana del segundo piso, el cuarto de Ella: está oscuro. Mira al suelo y recoge una pequeña piedrecilla, la arroja contra el vidrio. No hay indicio de respuesta alguna. Vuelve a repetir el ejercicio, aunque esta vez se balancea con más fuerza, el impacto a punto estuvo de reventar el vidrio. Esta licoreado y no ha calculado muy bien la fuerza del lanzamiento, pero se enciende la luz y a través del vidrio se logra ver una silueta femenina. Es ella, piensa, y siente que su corazón va a salirse por la boca en ese instante.

Han pasado dos meses desde la última vez que conversaron (por teléfono), aquella vez, le había dicho que por favor no la llame más, que le hacía mal. Y el recuerda, haber pensado: que se vaya a la mierda…nunca más la llamo. Era mentira. Ahí estaba nuevamente, con su figura desgarbada, fuera de su casa, y con sus ojos ígneos de tanto pensar. Había bastado una garúa incipiente para encontrarse con ella en su memoria.

-¿sí? –Dijo una señora al asomar la cabeza por la ventana, con cara de sorprendida y evidentemente mal humorada, como si ya supiera de que se trataba.

-Disculpe…pero….¿Quién es….

La sra. No le deja terminar, le roba la palabra, como adivinando la pregunta responde:

-Soy la nueva propietaria de la casa. La familia anterior se mudo al exterior hace mes y medio…-y nuevamente se anticipó con una respuesta a una pregunta aún no formulada.- No, no dejaron numero telefónico ni na-da, silabea con algo de placer. Y, por favor, no vuelva a venir, menos aún, a esta hora de la noche.

Siente que el firmamento entero se derrumba sobre él...
La tierra empieza a temblar, esta vez, de verdad.

Colofón:

X despierta y corre al espejo, ha sido un sueño, se repite mentalmente. Contempla su piel cárdena debajo de sus ojos y le sobrevienen náuseas, con lo justo logra agacharse hacia el inodoro y siente que todo su ser está siendo expulsado.

***FIN***
____



1 Iván Thays. Escena de Caza.

* Aún no se me ocurre un mejor nombre.

* En “Las babas del diablo”. Julio Cortazar.

* Letras en cursiva prestadas de otros autores. No soy como Bryce…soy peor.



1 comentarios:

Blogger hezuo ha dicho...

Oiga caballero, no se duerma en sus laureles y continue publicando. Siga lamiendo, que lo hace muy bien. XD

19 de diciembre de 2007 a las 9:33

 

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