domingo, 14 de junio de 2009
viernes, 14 de septiembre de 2007
LAMIENDO RETAZOS DE MEMORIA

(EL Amor en los tiempos de cólera, pág. 70)
Es un día absurdo de invierno, como tantos otros, va camino a encontrarse con sus amigos. El cierzo golpea su rostro y cuerpo; la camisa raída que lleva puesta se agolpa contra su famélica figura. No le importa, o al menos eso trata de pensar, mientras el frío penetra hasta sus huesos y le entumece las manos.
Camina raudamente y por un instante alza la mirada: cielo plúmbeo y cenizo que esconde, en algún lugar, el ojo brillante de la tarde. Vuelve la mirada al piso y de pronto se siente nostálgico. Cojudamente nostálgico, pensará luego, cuando converse con sus amigos, tratando de mostrarse despreocupado y explicándoles que tuvo un percance que no es necesario explicar.
Ha decidido que es mejor dilatar ese encuentro con sus amigos, necesita tiempo para pensar en otro asunto, hoy no desea ir en busca de una aventura nocturna ni saber nada de amores mercantiles. Entra a una cantina de piso pringoso, decorado circunstancialmente por escupitajos, chapas de cerveza y colillas de cigarro. El señor detrás de la barra lo observa con sus pequeños ojos grises, gastados irremediablemente por el paso del tiempo, luego, asiente frente a su pedido y maquinalmente, con un gesto, lo invita a que se apodere de una de las mesas.
X busca con la mirada un lugar apacible donde acodarse. Siempre tiene en cuenta dos criterios: el primero de ellos, es no sentarse jamás cerca del baño; el segundo es alojarse lo más lejos posible de los grupos numerosos. Lo primero se justifica por razones olfativas, mientras que lo segundo obedece a cuestiones de seguridad. Una vez en una chingana, rozó de forma casual a un tipo y, pese a disculparse, nada pudo hacer [ni él ni sus amigos] por evitar irse a los golpes y terminar con los nudillos magullados y con una costra debajo del labio que relamió muchos días después.
Hay muchas mesas vacías, decide sentarse en una que está al lado de la ventana. A los pocos minutos llega el mozo con el pedido, es un ser pequeño, de cabellos hirsutos, le hace una venia al dejar los pomos y se retira apresuradamente ante el grito del hombre de la barra: ¡Pascual!
Se sirve un vaso de cerveza y mira a través de él, tal vez, espera encontrar algunas certezas, pero no ve nada, sólo la espuma que brilla y explota. Opta por llevarse a la boca ese primer trago amargo y dulzón, lo paladea y su rostro se trasmuta en una mueca, mientras el oro líquido corre hacia sus entrañas en una catarata helada que aplaca el fuego estomacal. No desea hablar con nadie, por eso no alza la vista ni mira a las mesas contiguas, tampoco piensa en llamar a un amigo. Hoy no, hoy desea abrazar la soledad.
Pasan un par de horas cuando decide que es tiempo de irse.
Desde donde está sentado logra ver un retazo de cielo sucio desprovisto de estrellas. La noche se abre a sus pies y su cuerpo macerado en licor aún no encuentra sosiego. Camina un par de cuadras y con la mano en los bolsillos busca un sencillo, de pronto una llovizna incipiente empieza a caer, y, con ella, una idea anega su pensamiento.
Sí, ahí estaba ella como un corazón escondido en el cuerpo inmortal de la memoria, latiendo todavía fuerte, acelerando su pulso.
Es un recuerdo poderoso el que afiebra su mente. Romina había estado lejos de su memoria por mucho tiempo, pero ahora estaba allí nuevamente y con ella el dolor y la desesperanza, que lo convierten en un ser absurdo, nostálgico. Un ser monotemático, incapaz de romper la inútil obediencia solitaria hacia un tiempo pasado.
Quiere verla infinitamente, como cuando superponemos un espejo frente a otro y la imagen se refracta eternamente. Pese a no estar en condiciones de verla, decide ir en su búsqueda. Dominado por la insensatez del momento. No piensa, sólo actúa. Camina en busca de un taxi hasta la plaza San Martín. Mientras explica el destino al hombre que va al volante; en realidad, balbucea las palabras, tal si hubiera olvidado, repentinamente, como hablar.
Necesito relajarme, piensa, mientras paga la carrera por adelantado. Espero no incomodarlo señor, insinúa; a la vez que enciende su cigarrillo. El chofer, un hombre ya entrado en años, lo observa por el espejo retrovisor y sólo mueve la cabeza por toda respuesta. X acerca la lumbre al pequeño hilillo y por un instante su rostro se ilumina y deja ver su rostro de rasgos filosos.
El taxi se detiene frente al disco rojo y eso se convierte en el sortilegio adecuado para preguntarse: ¿Cuál es la afición favorita de los enamorados?...tiene que ser recordar, sin duda. Recordar cómo, cuándo y dónde se conocieron, con la misma cadencia y placer con la que una arañita teje su casa. Así, también ellos, ahora recuerda, se dejaban caer en ese tierno juego, tendidos boca arriba, con la bóveda oscura e infinita de la noche sobre sus cabezas. Ella aferrada a él y él, en la inmensidad, a ella. ¡Dios! cuanto apreciaban dedicarse a aquel ¿absurdo ejercicio? Que les permitía recordar ese instante, ese gesto que les señaló [cada uno en la cara del otro] el interés mutuo.
Ahora, aquél ejercicio le pertenece exclusivamente a él.
Recuerda una frase que lo hiere: “para las mujeres, los recuerdos del amor son souvenirs de un viaje sentimental; para los hombres restos del naufragio”1. Es cierto, piensa X, mientras el círculo rojo da paso al verde.
Fue hace año y un par de meses atrás. X la conoció por intermedio de una amiga en común. La amistad se hizo constante y el cariño fue creciendo lentamente, como un pequeño haz de hiedra. Al lado de ella sus sentidos se agudizaban, de una forma que no sabrá nunca explicar. Tal vez como transitar por un territorio seguro, paralelo al resto, el cual sólo estaba destinado para ellos.
Y, pese a esa historia en común que se iba fortaleciendo, X sentía que había una región oscura e inaccesible en ella, algo que jamás entendería. Y, a la vez, no recordaba haber sido tan feliz como en aquellos días. Ella siempre le tocó alguna fibra secreta, algún hilo invisible que despertaba en él el cariño. Frente a aquellos recuerdos insondables descubrió la más pura verdad: había tenido una compañera cómplice de juegos secretos, inventados por ellos, sobre la marcha iridiscentes de aquellos días. Como aquel que consistía en caminar al unísono ritmo y tratando de no pisar las delgadas líneas que dividen la acera. Otro, donde la conversación sólo podía ser llevada a cabo, exclusivamente, con preguntas.
Así inventábamos el tiempo, o mejor aún, así el tiempo nos inventaba. Cavila X y se dibuja la sombra de una sonrisa en la comisura de sus labios.
A su manera [bastante mediocre, por cierto] se inventaban su propia Rayuela. Sí, definitivamente, compartir aquellas amarillentas páginas tenía que habernos cambiado, especula con la mirada vuelta hacia adentro. En esa operación comparativa y melancólica del recuerdo frente a la realidad pasada*.
-¿Cómo estuvo tu día? –recuerda que solía preguntar con una sonrisilla de Mefistófeles.
Y, ella, adivinando que él empezaba a jugar, sin previo aviso, como queriendo sorprenderla, respondía con otra pregunta, abriendo sus grandes ojos negros y con un gesto que lo desafiaba a seguir preguntando. Coqueta y castigadora.
-¿me hablas a mí?
Y se echaban a reír…
Sabe que no existe el recuerdo perfecto, siempre se alteran trozos, jirones de un pasado, que se irán descomponiendo según el estado de ánimo. Hoy, su estado de ánimo lo obligaba a rescatar esos fragmentos de su vida.
- ¡joven! -dice el taxista, por tercera vez, con cara fatigosa- ¿hacia donde doblo?
Ha transcurrido cerca de media hora desde que subió al vehículo en la histórica plaza San Martín.
-¡Ah! Siga de frente y en la primera esquina a la derecha, la tercera casa. Ahí se detiene. –responde con una voz turbia, opaca.
Baja del carro. Siente explotar sus sienes. La angustia arruga su rostro y suda. Tal vez como esa angustia que deben sentir las personas que esperan el resultado de un examen médico definitorio. Mira la ventana del segundo piso, el cuarto de Ella: está oscuro. Mira al suelo y recoge una pequeña piedrecilla, la arroja contra el vidrio. No hay indicio de respuesta alguna. Vuelve a repetir el ejercicio, aunque esta vez se balancea con más fuerza, el impacto a punto estuvo de reventar el vidrio. Esta licoreado y no ha calculado muy bien la fuerza del lanzamiento, pero se enciende la luz y a través del vidrio se logra ver una silueta femenina. Es ella, piensa, y siente que su corazón va a salirse por la boca en ese instante.
Han pasado dos meses desde la última vez que conversaron (por teléfono), aquella vez, le había dicho que por favor no la llame más, que le hacía mal. Y el recuerda, haber pensado: que se vaya a la mierda…nunca más la llamo. Era mentira. Ahí estaba nuevamente, con su figura desgarbada, fuera de su casa, y con sus ojos ígneos de tanto pensar. Había bastado una garúa incipiente para encontrarse con ella en su memoria.
-¿sí? –Dijo una señora al asomar la cabeza por la ventana, con cara de sorprendida y evidentemente mal humorada, como si ya supiera de que se trataba.
-Disculpe…pero….¿Quién es….
La sra. No le deja terminar, le roba la palabra, como adivinando la pregunta responde:
-Soy la nueva propietaria de la casa. La familia anterior se mudo al exterior hace mes y medio…-y nuevamente se anticipó con una respuesta a una pregunta aún no formulada.- No, no dejaron numero telefónico ni na-da, silabea con algo de placer. Y, por favor, no vuelva a venir, menos aún, a esta hora de la noche.
Siente que el firmamento entero se derrumba sobre él...
La tierra empieza a temblar, esta vez, de verdad.
Colofón:
X despierta y corre al espejo, ha sido un sueño, se repite mentalmente. Contempla su piel cárdena debajo de sus ojos y le sobrevienen náuseas, con lo justo logra agacharse hacia el inodoro y siente que todo su ser está siendo expulsado.
***FIN***
1 Iván Thays. Escena de Caza.
* Aún no se me ocurre un mejor nombre.
* En “Las babas del diablo”. Julio Cortazar.
* Letras en cursiva prestadas de otros autores. No soy como Bryce…soy peor.
IMPREGNADO DE REMINISCENCIAS

“fue el único sueño que tuve que murió al enfrentar la realidad”
Scarlet O’hara en “Lo que el viento se llevó”
Es un viernes por la tarde, aunque parece de mañana. Es invierno, y todo se ve como siempre, piensa x, mientras camina presuroso a su ansiado encuentro. ¿Quién sabe? Podrían estar asesinando (y seguramente así es) a miles de personas, todo el mundo desangrándose en esa danza perpetua que llamamos vida. Y, sin embargo él siente que nada de eso es importante; que no lo toca, y mucho menos roza sus fibras internas en lo más mínimo, pero que ocurriría: ¿si ella no fuera a la cita prevista? ¿Si todo esa historia muriera antes de empezar? …vaya eso sí que sería una tragedia griega; aunque carente de héroes, por supuesto. Entonces –y sólo entonces- el mundo le parecería un lugar hostil, algo demasiado horrible para ser cierto. Las cosas serían trasmutadas por un gris dominante, mucho más grave que el cielo acerado de invierno
Esas elucubraciones han azorado su corazón: rojo, sangriento, ansioso. Siente una gota helada que desciende por su espina dorsal. Así, sumido en la embriaguez de sus temores, empieza a tocar con la imaginación el cuerpo esbelto de Nuria, desnuda en la cama, sus piernas brillantes, torneadas por su juventud, sus pechos majestuosos; color nácar, algo traslucidos, dejan ver (sus) delgadas venitas azules que se pierden hacia los costados, por sinuosos caminos; y, en la sima de esas majestuosas colinas, rodeadas por areolas delicadas, se coronan un par de pequeñas gemas color castaño.
El, mientras tanto, demudado por aquel paisaje, empieza a sentir un cosquilleo, hacia el sur del cuerpo, entre sus piernas. El capullo inerte empieza a desperezarse lentamente, y crece con la prepotencia de un cactus: salvaje, emancipado, soberano. Es su sexo inflamado, que ha despertado de ese aletargado sueño. Ahora está erecto, robustecido por la imaginación de su amo [¿o debiera decir? de su esclavo]
Se acerca lenta y tenazmente hacía ella: como un río de mercurio. Ha captado todos los detalles; la comisura de sus labios; los dobleces de su cuerpo; su mirada insondable donde él, ahora, se ve reflejado. Se mira así mismo a través de ella. Empiezan a jugar a los cíclopes, acercando sus rostros y superponiendo las miradas. Se respira una quietud violenta, un aire enrarecido, que se percibe en el ambiente y que será el marco para esa historia que él pretende construir. X percibe un vacío que sube desde la boca del estomago y que se posa justo detrás de la lengua: serpentina, lanceolada, tibia. Por un breve instante se ve recorriendo el último rincón inexplorado del cuerpo de su musa, besando ávidamente cada pliegue, como si tuviera por obligación grabarlo de memoria, para luego dibujarlo cual mapa en una hoja en blanco, como en el colegio, recuerda.
Pero X también teme que la excitación, que siente correr por sus venas, se mezcle con la inexperiencia de su cuerpo, la ha tenido ya tantas veces y de tantas formas en sus recuerdos fabricados con anticipación que se confunden con la realidad del momento.
Se mira acostado al lado de ella, compartiendo y respirando el vaho embriagador que despiden aún sus cuerpos tibios y fatigados, después de esa muerte instantánea, a la cual sólo es posible acceder a través del sexo. Dominado por el imperio de los sentidos … Se ve conversando con ella, diciéndole que sólo ahora tiene la certeza de haber existido, pues ha podido apreciarla a través de sus sentidos, y que desde ahora ya nada importará más.
Así se encuentra fabricando futuros recuerdos cuando empieza a sonar su celular…
-¿que pasó? –atropella x con una angustia que empieza a carcomer las fantasías de esa tarde.
-lo siento –le responden del otro lado, con una voz casi oficinesca- pero no podrá ser esta vez, he tenido un inconveniente en casa. Te dejo, cuídate. –culmina la breve llamada.
-¡conchatumadre! –alcanza a decir x, con rabia contenida, con los ojos que empiezan a anegarse de lágrimas y de recuerdos que nunca podrán ser, al menos con ella.
Mira hacia el cielo blanco y no puede sostener la mirada, pese a que el sol yace escondido…recuerda algo que leyó en el prefacio de las MEMORIAS de Casanova:
“No soy tan feo: me he visto últimamente en la orilla / cuando el mar estaba sereno”…
***FIN***
UNA NOCHE DE UNA SEMANA PASADA
“Las palabras son unas desgraciadas que en cualquier descuido se apoderan de la situación. Prepotentes de mierda, que nos envuelven”(La Amigdalitis de Tarzán, Pág. 63)
“…Pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grande los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos…”
(Rayuela, Cáp. 21, Pág. 115)
-¿No has oído hablar de “Horacio”…ah!? Agregó el gran Quiquín, a la vez que señalaba su reloj con el dedo índice, para luego estirarlo firmemente y estrellarlo repetidas veces contra mi cadavérico pecho.
Es jueves por la tarde. Voy camino a encontrarme con Ella, y será por eso que mecánicamente recuerdo una de las geniales y divertidas frases del gran Alfredo Bryce –del reconocido escritor peruano y no del pícaro viejecillo que birlo un texto a pluma armada-: La vida le metió a nuestra relación más palo que a reo amotinado[1]. Y sí, he de reconocer, con algo de rubor en las mejillas, que el ¿destino? se ensaño cruelmente con nosotros. Y que nuestros “momentos de comunión”[2], de entendimiento, sólo duraron y existieron efímeramente. Como esa muerte simultánea y placentera, que hallamos en la apoteosis de nuestra primera relación sexual. O más poético: no trascendimos, no duramos ni un carajo. Y por eso, ahora, ella está en mi lista de promesas a olvidar, y yo en la suya, supongo.
Pese a ello [o por eso mismo] hoy vamos a encontrarnos, el pretexto para semejante masoquismo sentimental es que necesito su cámara fotográfica. La necesito para el concierto que horas mas tarde dará Lucybell. Por cierto, soy el encargado de conseguir el bendito aparato ese, ha pedido expreso de mis amigos, pero particularmente de Toño, quién en tono suplicante me llamo horas antes del concierto, para decirme: “no te olvides de llevar la cámara pe huevón, yo sé que puedes conseguirla hoy mismo. Nos vemos más tarde en el concierto”. Y colgó. ¡Encima que me llama tarde! y el ¡mismo día del concierto! ¡Ahora también es pitoniso el huevonazo!: yo sé que puedes conseguirla hoy mismo, repito parodiando a mi amigo…en fin, a los amigos se les perdona todo, aunque joda. [3]
De ida:
Minutos más tarde me encontraba sentadote en la combi rumbo a ese encuentro deseado y temido a la vez, me había peinado (algo inusual en mi) e iba imaginando posibles diálogos (como nuestro asombroso héroe de El Túnel, aunque carente de esa rigurosidad suprema) posibles preguntas y por tanto –y también por tonto- posibles respuestas, posibles anécdotas que podrían servir para hilar un dialogo, más o menos, fluido. Por un instante hasta me imagine (re) invitándola a salir y toda la cosa…
De regreso, y camino al cine:
Después de todo no estuvo tan mal volver a verla, iba pensando tratando de darle vuelta al asunto, pero ¿cómo engañar a la masa gris? …en el fondo sí me ha jodido, y no poco, el descubrir que a estas alturas ya sólo podíamos entablar conversaciones monosilábicas. Y que nuestros dicharacheros diálogos se habían extinguido, cual dinosaurios, en medio de una glaciación verbal.
Me sentí algo desolado, toda esa construcción que había imaginado horas antes y que incluso llegue a creer sólida, hasta el punto de recostarme sobre ella (dentro de la solidez que se le puede atribuir a lo ficticio) se vino abajo, o, mejor dicho, fue arrasado por un huaico (no de piedras, ni de lodo) sino de vacío e indiferencia. ¿Cómo se puede cambiar tanto?
Observo por la ventana de la combi viendo el tiempo pasar sin que pase nada. El día esta calmo, más no mi cerebro. Me sé algo ansioso, el tráfico no ayuda mucho a mitigar esa impaciencia, que pareciera perpetua, de siempre. ¡Diablos! encima se me ha antojado echar una meadita, y aún falta mucho para llegar a mi destino; donde mis amigos deben estar aguardándome impacientemente. Lo que equivale a decir, que a estas alturas ya deben estar carajeando mi nombre.
….
Bajó del carro (¡pie derecho!, de rigor) a los breves minutos ya estoy caminando frenéticamente por Jirón de la Unión, esquivando transeúntes como si fueran obstáculos, pero choco con un señor enormemente pequeño, y tal es el impacto que me caigo, y el señor conmigo. La gente se detiene instintivamente ante el tumulto, nos observan y algunos preguntan al vernos aún y todavía en el piso “¿Qué pasó?”, una señora responde: “¡nada!, que acá el joven venia caminado muy apurado y ha tumbado al pobre hombre”. ¡Que absurda escena!, me incorporo rápidamente y camino hacia el señor para tenderle una mano amiga y ofrecerle mis disculpas del caso. Le digo: “señor, lo lamento, es que no lo vi” y cuando la frase muere en mi boca, pienso, que ha sonado a cachita, a burla, a guasa [enormemente pequeño, ¿recuerdan?]…el agraviado me mira con cara de pocos amigos y no acepta mis disculpas, en cambio agrega: “¡muchacho de mierda-carajo!, ¿no se fija por donde camina?” y golpea furiosamente el piso con la palma de la mano mientras se reincorpora. Pienso en responderle algo, pero calló y en cambió pongo en práctica mi método del olvido y acostumbramiento para vivir en Lima (muy recomendable, dada su efectividad); es decir, me hago el Gil, el cojudito, (el limeñito) lo miro por última vez con el rabillo del ojo, y sigo caminando.
Me pregunto y luego me respondo: ¿y la tolerancia, donde está?...la tolerancia quedo aplastada a la hora que tumbaste al pobre hombre, ¡huevón!
Finalmente, frente a mis ojos se extiende la histórica plaza San Martín, en una esquina logro divisar de lejos a mis amigos, desde donde estoy no pueden verme; pero, creo adivinar las palabras que fluyen de sus bocas, no son muy auspiciosas dada mi demora.
Luego de mi breve explicación-justificación hicimos la marranita (chanchita) para ir a comer algo antes de partir al concierto, estábamos con una bajada incendiaria y era necesario -y vital- aplacar el fuego estomacal. Ya en el Restaurante, y luego de ordenar una pizza de promoción, comimos opíparamente y con avidez; finalmente frente a nuestros ojos, quedó un solitario slice, un náufrago en medio de la caja de cartón. Y ahí nosotros, en la mesa, observándolo con ojillos codiciosos, como mendigos frente a un trozo de carne, fue un breve instante de tensión visual que sería aplacado por una equitativa división.
Una hora mas tarde nos encontrábamos formando parte de ese gusano extenso y contradictorio, integrado por personas que, al igual que nosotros, se agolpaban en los exteriores del Vocé. La cola crecía conforme transcurrían los minutos, la impaciencia era combatida de distintas formas; algunos fumaban cadenciosamente, otros mojaban la palabra con una lata de cerveza bien helada, otros querían transformar las cosas triviales en fundamentales y para ello, se servían de hierba. En fin, todos hacían algo para darle sentido a esa espera, que sin lugar a dudas valió la pena.
Veo una cara conocida que camina raudamente echando una mirada a su alrededor, como buscando a alguien. Lo miro, me mira.
-¡Habla jugador! – me saluda.
-habla compadre. ¿También vas a entrar? –le pregunto mecánicamente.
-¡claro!, si ya tengo mi entrada. Es mas he conseguido una VIP –me dice, mostrándome didácticamente su entrada.
-¡Ah que bien!, chévere por ti.
-…. ¿Oe puedo colarme contigo? –me pregunta en tono sutil, escudriñándome con la mirada.
Le digo “son 5.00 Lucas, por que eres conocido”, y le explico que, hace un breve instante, una pareja ofreció S/20.00 para colarlos, aunque no se lo permitimos. ¿Los valores?... ¡que va!, lo que pasa es que un tipo, que estaba detrás de nosotros, se gano con la conversa e inmiscuidamente y sin hesitar se ofreció a concederles el espacio por la mitad, nos cagó… (La duda mata). Cuando termino de hablar, me mira algo desconfiado, pero amaga, con las manos en el bolsillo, a pagarme. Le explico que era una broma: “no seas Gil, ponte no más”.
En ese breve instante vemos pasar a Denis Arregui junto a un camarógrafo.
-esta preciosa, ¿verdad? –le pregunto, aunque en realidad no es una pregunta. Algunas cosas no necesitan ser explicadas. Uds. entienden.
-es mi musa –dijo presión.
-nuestra musa –corrijo enfáticamente, con una media sonrisa y agrego:-. ¿Habla, le digo para tomarnos una fotito?
Presión me mira con unos ojazos, algo sorprendido, y agrega combativo, y por poco con el puño izquierdo en alto [medio en broma, medio en serio, supongo]: “no seas…un San Marquino no puede hacer eso, un San Marquino tiene que ir en contra del sistema”. Lo miro de reojo alzando la ceja derecha, luego lanzo una mirada alrededor y le digo, medio en broma medio en serio, supongo:
- ¿Ves a alguien pidiéndole una foto? No, ¿verdad? Por lo tanto estamos yendo en contra del sistema; si, ir en contra del sistema es no hacer lo que el resto hace, estamos bien, al menos por el momento.
- shhiii. –muy bajito, por toda respuesta.
Nuestra musa se encuentra a unos escasos dos metros, y pareciera que ha oído nuestro apretado dialogo; pues se dibuja una media sonrisa coqueta en su rostro. Es el tipo de técnica que las mujeres llevan inscritas en su código genético. Algo que es inherente a ellas, definir es limitar, pero creo que es algo así. La miro como si ella estuviera en un cadalso y pienso: bueno compadre, quédate con tu antisistema que yo le voy a pedir una fotito, ¿no hubiera sido más fácil decir? “Lo que pasa es que soy un poco tímido para este tipo de situaciones, me paltea hacer esas huevadas” en vez fabricar tamaña excusa…En fin, que para eso también sirven las palabras, para maquillar.
Me siento con el viento en las velas, con esa determinación que usualmente me es tan esquiva y a la cual solo accedo ocasionalmente (como ahora), estoy por dar ese primer paso que me conducirá hasta su lado, pero en ese hilillo de tiempo ella parte y la pierdo de vista. Nuevamente, (La duda mata).
….
Un huracán remeció el ambiente, el concierto acaba de empezar, es la música expulsada prodigiosamente por los parlantes, que golpea sin lastimar todo mi cuerpo. ¿No debiera ser increíble que la música cause todo ese efecto de trance en las personas que saltan y corean ferozmente cada canción? No, lo increíble debiera ser todo lo contrario, que algunos sólo se contenten con comprar un disco. Esta sonando “Mil Caminos”, no podría encontrarme mas relajado y será por eso que los ojos que guardamos en la nuca, (o si queremos, la visión del tercer ojo) me indican que vuelva la mirada. Obedezco caninamente, y ahí está ella, sola, disfrutando plenamente la música con los ojos cerrados, como debe ser.
A esas alturas me siento con un espíritu nocheriego, algo aventurero, ¿será el río de cerveza que fluye por mis venas? ¿quién sabe? Total si el licor no sirve para estas ocasiones ¿para qué entonces?... Me acerco aletargadamente, pero en forma resuelta y sin pensarlo le pregunto:
-Denis ¿te joderías si te pido que nos tomemos una fotografía? –su respuesta la esperaba con mirada de pongo a misti, según diría José Maria Arguedas[4]. (¡ja! que buena)
-No, para nada. –con un sonrisa que desarma todo, pero que construye demasiado.
-¡chinooo! –grito y cuando mi amigo voltea a mirarme, le dibujo una cámara con mis dedos índice y pulgar, como un cuadrito que se recrea en el aire y que se cierra hacia los costados, mis labios acompañan la descripción gráfica: fo-to. El chino entiende rápidamente, aunque espera que le confirme su pregunta, la cual es lanzada no en palabras; sino, en un gesto: inclina la cabeza para un lado, meneándola repetidas veces.
-¡Sí! – le respondo con algo de impaciencia.
-¡clic! –la luz se fragmenta y por instante nos ilumina.
-Gracias. Ah! lo olvidaba: Denis, estás preciosa. –mentí, pues jamás lo hubiera olvidado.
-De nada, al contrario, a ti por el piropo. –con una sonrisa que ilumina la noche.
-tengo mas si gustas. –musito para mis adentros, mientras camino con un gesto congelado hacia donde esta mi amigo para seguir saltando con la música.
Esa noche volví a casa alegre y a la vez nostálgico.
***FIN***
________________________
[1] La amigdalitis de tarzán, 1999.
[2] frase de E. Sábato, puesta en boca de Juan Pablo Castel, en El túnel.
[3] ¿…?
[4] según cuenta Alfredo Bryce. (ibidem)
EXTRAÑA NOSTALGIA RETROSPECTIVA, MIENTRAS VIAJABA EN UNA COMBI

"Por que en el burdel estás más cerca de la realidad que en el convento"
Camino raudamente un par de cuadras, la distancia de mi casa al paradero, llego y espero solemnemente mi combi. Transcurren unos minutos hasta que logro subirme a una, arriba veo a condorito transformado en educador: “no arroje papeles al piso, llévelos en sus bolsillos” “Si UD. salio tarde no es culpa del chofer”, y otro más bien suplicante: “colabore con el cobrador, pague con sencillo” Busco un asiento tranquilo para una lectura propicia. Veo un lugar desocupado detrás del cobrador, estoy a punto de sentarme ahí cuando leo: asiento reservado (ley…). Mejor no, luego hay que estarse parando para ceder el asiento, pienso, ser un buen ciudadano en Lima fatiga, además hasta San Marcos son una hora y veinte; estoy enganchado a una lectura así que busco otro trono.
Atrás veo una chica morena, muy guapa, lleva puesta una minifalda un tanto agresiva, sentada al pie del estrecho pasadizo de la combi, hay un espacio entre ella y el vidrio. Permiso por favor, le digo, luego me acomodo y descubro que el forro del asiento esta hirviendo, con razón me miro con ese gesto coqueto y castigador mientras me dejaba pasar, fue como si me hubiera dicho: jódete por mañoso. Le respondo, mentalmente, ese imaginario pugilato verbal: no soy ningún mañoso, le digo, solo quería estar cómodo y disfrutar del paisaje. En fin, busco infructuosamente mis lentes negros para protegerme del inclemente sol, los olvidé, que candelejón.
Acodado ya en mi butaca, con el sol en pleno rostro, saco la novela de mi canguro negro; el cual siempre lo llevo cruzado sobre el pecho. ¿Dónde me quedé?... así, acá es y leo: Por que en el burdel estás más cerca de la realidad que en el convento. Me río, y la viejita que esta sentada a mi lado me mira extrañada [la chica morena y guapa de la minifalda un tanto agresiva se extinguió al bajarse, tres minutos después de que yo me sentara a su lado, me dejo out, y en su reemplazo quedó una viejecita, que tenía el cabello tan cano como el algodón] Me quedo cavilando unos instantes sobre la frase leída, y me pregunto ¿cómo habrá sido esa época? y de pronto siento esa nostalgia enigmática, esa que nos invita a extrañar algo que jamás nos perteneció. Esa absurda melancolía, diría alguna vez mi amigo el franquillo.
Trato de seguir leyendo, pero me es imposible retomar la concentración mínima, se me vienen más preguntas [imagino que en mi cerebro esta ocurriendo eso que los educadores llamarían: conflicto cognitivo, ¿no? estimada Hilda]. Además el chofer del barco terrestre a prendido la radio, y escucho una voz muy cerca y extraña que se supone es de un marciano amigable que pregunta: ¿y dime cómo está eso? y la llamada entrante que responde: “elegante pe marci” [alzo la mirada, veo un parlante -pioneer- justo a la altura de mi asiento, estoy salado ¡caracho!] Con la música de fondo, a petición del integrante de la batería seria de Los Olivos, me pongo a ver la calle a través de ese barrote simbólico que es el vidrio, la combi se convirtió en una celda transitoria a las horas punta, y sobre todo con el sol que no deja de brillar y la gente que no deja de subir.
Me siento sofocado, mis sentidos son vulnerados constantemente: huele a axila, me aprietan al bajar, el ruido es infernal, pero mi vista se distrae por unos instantes cuando el carro se detiene frente al circulo rojo del semáforo, afuera logro leer un anuncio: “Hostal Secretos”, habitaciones desde S/. 10.00 c/ baño y agua caliente, S/. 15.00 c/ cama matrimonial, S/ 20.00 c/ TV con cable, S/ 30.00 –es el full equipo- c/ Jacuzzi, y me pregunto ¿será como el Jacuzzi-piscina del antiguo palacio, donde solía bañarse La Linda Susan, madre del orejonsísimo Julius?...quién sabe. Y me pregunto ¿de donde salieron tantos hostales?, será eso parte de lo que algunos teóricos llaman “Democratización del Espacio”.
Sin lugar a dudas Lima cambió, el tiempo no solo se encargó de agrietar sus viejas casonas de quincha y adobe; sino también las relaciones que se tejían dentro de éstas. ¿Eso es bueno, es malo?, toda respuesta será un juicio de valor desde donde estemos parados [eso es en realidad un pretexto para no decir más]. Aquella época de los burdeles, que esta magníficamente expresada en la Literatura, a La Pies Dorados retratada en la “Ciudad y Los Perros”, a Vilma: la chola hermosa de puquio en “Un Mundo Para Julius”, el burdel de Mabel, donde iba el ex dictador Odria (1948-1956) asiduo parroquiano que hacía cerrar el lugar -y hasta la cuadra- para él y sus amigotes, también el Jr. Huatica (actual renovación en La Victoria) donde en una conferencia (en la BNP) me entero que fue mucho más de lo que imagine, un espacio exclusivo donde la carne ejercía su dictadura en toda una manzana, y mas.
Nuestra Lima actual es distinta, ese imperio de la carne y de los sentidos; ese mundo hedonista regido por reglas tácitas ha desaparecido [por que de un burdel se podrán decir muchas cosas menos que era/es desorganizado]
Por cierto que hay diferencias sustanciales entre el Burdel y el Prostíbulo [según confesó un ex-profeso Putañero con algo de nostalgia vivencial, que distinto, ¿no?] En el primero no sólo podías obtener el bálsamo para tus deseos, sino también podías establecer otro tipo de lazos grupales: la tertulia, el baile, la música. En cambio, en el segundo sólo se solucionan los problemas del bajo vientre1.
El primero como un medio para la socialización, el segundo como un fin en sí mismo. Al burdel jamás se iba solo, la gracia estaba en ir con la patota. Aunque cierto también es que, uno no siempre quiere estar acompañado de los amigos, hay momentos en los cuales creemos bastarnos con nosotros mismos. Sin embargo, este autoexilio que en ocasiones solemos inflingirnos se da más cuando estamos tristes o asqueados de algo, y no así cuando nos sentimos radiantes.
La búsqueda siempre esta condicionada por la necesidad, y esa Comunidad Orgiástica se ha diluido. Ya no es necesario llevar a los hijos para que debuten y reafirmen su virilidad frente a una puta, los burdeles han dado paso a casa de citas que anuncian en todos los periódico incluso en el mas linajudo y conservador de ellos, (es que el periodismo siempre ha ido de la mano con la prostitución y el alcohol… ¿por qué estudie sociología?, caracho), sino lean “Los Últimos días de La Prensa
En fin, decía que los burdeles han cedido el paso a nuevos espacios3: al sexo virtual, casas de citas, a jugar a la ruleta rusa y conocer gente por Internet.
Existen tantas variantes para disfrutar de esa supuesta sexualidad plena, aunque falta lo más importante: información. Anualmente salen embarazadas más de cien mil adolescentes, sin embargo no se les dice como protegerse y tal como señaló Javier Arévalo, en una frase exquisita que resume la problemática: “Tú no debes tener sexo, por eso no te digo como cuidarte”. Entonces vemos que esa exteriorización de la Libertard Sexual es ficticia o, en todo caso, sólo comercial.
lEL carro esta por seguir su recorrido y empieza a temblar la carrocería, logro escuchar una voz que grita: “¡avanza pues oe!”, sigo mirando a través de ese barrote transparente: una parejita que asoma una mirada furtiva hacia la calle desde el umbral del Hostal Secretos, pienso, gozar de los espacios democráticos tiene sus costos. ¿La democracia da vergüenza, costo- beneficio? me río sonoramente y no volteo a ver si alguien me esta mirando. Ya no puedo seguir leyendo, mejor escuchar música, regreso la mirada a mi canguro, revoloteo un poco; ahí esta. Saco mi Discman que contiene un Mp3 de “Héroes del Silencio”, busco instintivamente la canción con Nombre de guerra4, la ubico en más de ciento cincuenta canciones que tengo, saco los audífonos y me los pongo mientras presiono Hold y guardo el aparatito ése en mi canguro. Empiezo a escuchar: un, dos, tres y...entra despacio que nadie oiga tus pasos mientras tanto si los nervios no traicionan todo ira bien…por ahora no necesito nada más que esto, pienso, lanzo una última mirada hacia fuera y veo por última vez a la parejita que se aleja del epicentro de su romance, están abrazados y se dibuja una sonrisa cómplice en sus rostro.
***FIN***
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1 Frase de García Márquez para referirse a las urgencias carnales.
3 En realidad no sé si aún siguen existiendo los Burdeles…pero cualquier contribución para disipar mi duda será recompensada….como dicen los vendedores de caramelo: “apóyenme en ese sentido
4 Una canción que podría formar parte de la banda sonora de este escueto escrito.
